(Entrada escrita el jueves 7, y extremadamente larga, ¡lo siento!)
Hoy era el día señalado: hoy partía de Mangochi con el objetivo de cruzar la frontera mozambiqueña y llegar hasta Cuamba - antes de las 5 de la tarde, hora en la que cierran las taquillas de la estación para comprar el billete de tren a Nampula del día siguiente. Como el tren solo pasa en días alternos, había que conseguir el objetivo hoy, o perder dos días tirado en mitad de quién sabe dónde.
Con el objetivo claro, y sin esperar al desayuno incluido (¡no había tiempo!), a las 6:10 salía de mi alojamiento hacia la parada de minibuses de Mangochi. Parece que nadie tenía muy claro dónde estaban los minibuses hacia la frontera, pero tras dar un par de vueltas por Mangochi (en bici taxi), encontrar uno y esperar el tiempo preceptivo a que se llenase, me veía bien encaminado: en la parte de atrás de un camión ligero, dirección a la frontera de Chiponde. Eran las 7:30.
A eso de las 9:15 terminamos de recorrer los 50 kilómetros que nos separaban de Chiponde. Las formalidades en el lado de Malaui fueron inmediatas: no esperaba menos :-). Una moto taxi me esperaba atenta con ganas de cobrarme unas cuantas kwachas por llevarme al puesto fronterizo mozambiqueño, a kilómetro y medio de distancia. A las 9:30 estábamos allí.
Allá por el mes de junio, con el impreso relleno, dos fotos de carné, el pasaporte y el resguardo de haber pagado una suma nada despreciable de dinero, me presenté en el piso del Barrio de Salamanca que ocupa la embajada mozambiqueña en Madrid. A la semana siguiente, me devolvieron el pasaporte: ya tenía mi visado. Desde hace poco, Mozambique no emite visados en la frontera, así que era imprescindible pedirlo en Madrid. Ya en cuanto recibí el pasaporte, algo no me cuadró: el visado tenía fecha de validez entre el 8 y el 10 de agosto (o sea, que podía entrar en Mozambique entre esas fechas). La fecha provisional de entrada que yo había puesto en mi impreso (a esas alturas, no tenía el plan totalmente definido) se había convertido en la fecha escrita en piedra de validez del visado. En fin...
7 de agosto, 9:30, frontera mozambiqueña de Mandimba. La oficial de frontera revisa mi visado, lo sella (¡bien!) y se lo pasa a su compañero, que empieza a inscribirme en el registro. Cuando lleva rellenos la mitad de los campos, se detiene y llama a su jefe...
Yo era muy consciente de la fecha que había escrita en mi visado, pero, dados los condicionantes (estar ya en Mangochi, el tren que no pasa todos los días...), tenía que arriesgarme. Quizá no mirasen siquiera las fechas en la frontera, o quizá no pusiesen problemas por un solo día... Y en cualquier caso, ¿qué iban a hacerme estando ya allí, devolverme a Malaui?
"Go back to Malawi!". El jefe fue inapelable. No te preocupes, decía, no te vamos a cobrar nada porque el visado ya lo tienes. Simplemente vuelve a Malaui hoy, y vuelve a la frontera mañana. Se me venía el mundo encima. ¿Desandar el camino hasta Mangochi, perder el tren en Cuamba y dos días de viaje? Intenté dar la máxima pena posible, cosa que con la cara que se me puso, no era muy difícil. Me inventé que en la embajada me habían dicho que la fecha era flexible. Hablé con otros oficiales. Pero el jefe era inflexible. Aun así, no me devolvía el pasaporte y me pedía esperar.
El tiempo pasaba volando, y con él volaban mis opciones de llegar a tiempo a Cuamba. Después de la frontera, me esperaban al menos 4 horas de minibús, sin contar el camino hasta la parada (unos 4 kilómetros) y la espera preceptiva hasta que el minibús se llenase. Pero daban las 10:30, y yo seguía tirado en la frontera, esperando.
El jefe llamó a su jefe, comentó mi caso con sus subordinados. En portugués, pude entender muy claramente sus burlas hacia mí. ¡Quiere entrar el día 7, y la validez es desde el 8! ¡Y además qué se le habrá perdido aquí! Y cosas similares. No veía factible que la misma persona fuese a hacerme el favor que necesitaba...
Y sin embargo, al cabo de un rato, el jefe se me acercó con novedades: me decía que debía esperar en la frontera hasta las 14 o 15, y a esa hora ¡me iban a dejar pasar! De esa manera, llegaría a Cuamba de noche y no estarían ya los controles de policía de la carretera. "Si te paran en un control con el pasaporte así, te llevan preso". Qué tranquilizador... Aun así, a mí se me abría una ventana de esperanza. Cierto, no había manera de llegar a comprar los billetes del tren, pero sí podía arriesgarme a comprarlos dentro del propio tren al día siguiente, y sobre todo no tenía que volver a Malaui y perder dos días. Dándole vueltas a todo eso, seguí esperando.
Pero entonces, sin esperar más, hacia las 11:45, y tras muchas vueltas más que no contaré, el mismo jefe tomó mi pasaporte, tachó el sello del día 7, me puso uno del día 8 y se lo pasó a su subordinado para que me lo diera. Podía irme ya. ¡No me lo podía creer! Solo me insistió en una cosa: debía ir a Cuamba, no a Lichinga; hacia Cuamba no debería haber ya controles. ¡Qué alegría!
El plan original cobraba vida. Iba muy, muy justo, pero encontré un moto taxi rápido, el minibús no tardó demasiado en llenarse, y a las 12:50 estábamos saliendo hacia Cuamba. La carretera no estaba asfaltada - clara diferencia con Malaui - pero aún así el minibús avanzaba a buena velocidad. Más o menos a mitad de camino, bajaron tres viajeros y una conjunción astral quiso que me tocase el asiento del copiloto: la vida puede ser maravillosa.
No iba a ser tan sencillo. A eso de las 15, un sonido raro en el minibús, que se para. No hay manera de que arranque... Veintitantos viajeros (y la gallina de costumbre) en un minibús tirado en la carretera sin asfaltar de Mandimba a Cuamba... Al poco rato, sin embargo, un gran tráiler se detiene junto a nosotros. ¿Podrá ayudar a arreglar el minibús? No parece probable... Pues no, mucho mejor: se ofrece a llevar a todos los viajeros que quieran en la cabina, por una parte del precio del billete a Cuamba.
(Aquí mi medio-selfie en la cabina del camión - el pollo iba bien escondido, solo le delató la voz, para escándalo del conductor del tráiler). Eran las 15:45 y las posibilidades de llegar antes de las 17 eran pocas, pero alguna había. Hacia las 16:15, un gran pitido y un aviso en rojo en el salpicadero del camión, resuelto rápidamente por el conductor reponiendo líquido refrigerante. Y así a las 16:45 estábamos ya a unos 5 kilómetros de Cuamba... justo donde la policía tenía su control para inspección de camiones. En principio, no había ninguna razón para que pidiesen la documentación a los viajeros (con mi visado sellado "a futuro"), y así fue: revisaron con detalle la documentación de la carga, hicieron pasar un mal rato al conductor por transporte irregular de pasajeros, pero al final nos dejaron seguir. Lamentablemente, eran ya las 17:05.
Recorrimos la distancia que nos separaba de Cuamba, y el conductor nos dejó a un kilómetro de la estación de tren. Por si sonaba la flauta, me cargué mi mochila y me fui rápido para allá. Cuando llegué eran ya las 17:20, pero ¡¡taquilla abierta!! Compré el billete para el tren de mañana con los meticales que había cambiado en la frontera, sin problema. ¡Ya lo tenía! Estaba tan contento que no pude evitar hacerme un selfie (de cara completa :-) ante la taquilla. ¡Objetivo cumplido!
Pero toda historia tiene un epílogo. Un policía, al verme haciendo esa foto, se me acercó. "¿Tiene el permiso especial para hacer fotos?" (¿Eh?) sin darme opción a contestar, me dijo: "Acompáñeme al cuartelillo". No entendía nada. Imaginaba que simplemente querría aprovecharse del turista poniéndome una multa inventada, pero no sabía cómo podía salir. Entramos en el cuartelillo: "Documentación, por favor". El policía, muy serio, cogió mi pasaporte y copió mis datos en un papel. Luego, página por página, lo revisó con detalle, lentamente, hasta llegar a la del visado mozambiqueño. "Un momento. Aquí pone día 8, y estamos a día 7, ¿cómo es eso?". Escalofrío. "Bueno, como en el visado ponía día 8, pusieron día 8 en el sello...". Se quedó pensando. "Debe ser que lo hacen así ahora...", dijo con una sonrisa. "Puedes marchar..."
Olá, Moçambique!