sábado, 23 de agosto de 2014

De vuelta

Ya llevaba en Madrid desde el lunes, y trabajando desde el miércoles, pero solo ayer, tras recuperar por fin mi mochila, me sentía realmente de vuelta.


Disculpad la mirada ausente y la cara extraña, creedme que fue un gran alivio recuperarla... Me costó muchísimos intentos (pocos exitosos) de llamar a equipajes de Barajas; tres correos electrónicos, a la aerolínea etíope y a equipajes de los aeropuertos de Dar es Salaam y Addis Abeba; una reclamación en la web de la aerolínea mozambiqueña; y, finalmente, ayer, conseguir hablar por teléfono (aún me parece imposible) primero con alguien de equipajes de Dar es Salaam, que pudo revisar el estado de mi maleta en sus sistemas y me dio una pista clave, y luego con alguien de equipajes de Addis Abeba, que con esa pista pudo indicarme el número de vuelo en el que en teoría mi maleta había llegado la noche anterior a Madrid. En esta yincana virtual, la pista tanzana me llevó a la clave etíope y esta al tesoro que, como siempre, estaba bien cerca: tirado, uno entre tantos, en una triste sala de Barajas.

Queda ahora la tercera parte del viaje, tras la preparación y el viaje en sí: el repaso de las compras ("¿en qué estaría yo pensando?"); la revisión de las fotos, y con ella, seguro, el recuerdo de algún momento que, a pesar del poco tiempo transcurrido, ya habré olvidado; hablar de la experiencia con vosotros, reviviendo con nostalgia lo bueno y riéndome de lo malo que no consiguió doblegarme :-). Ha sido un viaje lleno de vicisitudes, más que ningún otro que haya hecho hasta la fecha. No sé si lo volveré a repetir así o será distinto, pero seguro que volverá a haber blog :-): ¡¡gracias a todos!!

viernes, 15 de agosto de 2014

Actividades acuáticas

Tres colores en trazos inmensos resumen lo que son las Islas Quirimbas: el azul del cielo y del mar, el verde de los manglares y el marfil de la arena. No todas tienen buenas playas (Ibo, la más popular y donde yo me alojo, no las tiene, por ejemplo), pero aquí los visitantes se dan igualmente a las actividades acuáticas. Aún siento moverse el barquito en mi cabeza.

Ayer fue caminata por los manglares y a través del arenal hasta la isla vecina de Quirimba, comida en la playa y baño antes de desandar el camino en barco con la marea alta. Y hoy, nado con delfines (ese era el plan, pero al final ha sido sobre todo nado tras delfines), snorkelling en un barco hundido y playita en un banco de arena, el de la foto concretamente.


El banco es como una pequeña isla alargada de arena que solo emerge en la bajamar. Por si la foto no le hace justicia, ya lo aclaro yo: un paraíso. Hoy nos hemos juntado seis en la excursión: dos parejas italianas, mi amigo suizo y yo. Tengo un cacao de lenguas romances en la cabeza...

Pero nada hay en la vida perfecto, ni eterno. Mi espalda da para escribir la novela de 50 sombras de rojo; y mañana toca volver a Pemba, para emprender el domingo el viaje de vuelta. ¡Hasta siempre, Quirimbas!

jueves, 14 de agosto de 2014

Compañeros de viaje

No abundan los sitios de internet aquí en el norte de Mozambique... Acabo de llegar a Ibo, el asentamiento principal del archipiélago de las Quirimbas - mi último destino del viaje... Una vez más, no ha sido "cómodo" llegar hasta aquí. Desde Isla de Mozambique, un minibús nos recogía a las 3:30 de la mañana (en España eso es trasnochar, pero aquí es madrugar, es lo que toca...) y nos llevaba hasta el cruce de Namialo, por donde pasan los autobuses que hacen la ruta Nampula - Pemba. Tras un rato de espera y de no hacer caso a ciertos mozambiqueños :-), pasó uno, que finalmente nos dejó en Pemba a eso de las 15:30. Y hoy, en la segunda etapa del viaje, otro minibús (este tipo pickup) nos ha recogido a las 4:40 (una hora más de sueño se agradece :-) y nos ha llevado hasta el puerto de Tandanhangue, para coger el barquito hasta Ibo, adonde hemos llegado sobre las 15. Está claro que hay que disfrutar los trayectos, como parte del viaje.

Todos estos trayectos los he hecho con mi compañero de esta parte del viaje, este suizo majete llamado Martin del que ya os he hablado. Es majete y habla español, entre otros cuantos idiomas que para eso es suizo, pero me da mucha envidia porque su viaje es de dos meses enteros - Tanzania, Malaui, Mozambique norte y luego sur, así que se quedará dos semanas más después de que yo me vuelva. Qué mala gente :-). 

Desde Namialo, nos hemos juntado también con dos madrileños (uno francés y el otro italiano) con los que seguimos aquí en Ibo. Los holandeses que vivieron mis carencias en el safari (y luego me encontré en Zomba), la familia quebequesa que me adoptó en Cape Maclear, la pareja de catalanes que fueron los huéspedes 2 y 3 de la noche en nuestro hotel en Mangochi... Todos estos y alguno más han sido por ahora mis compañeros de viaje; y desde luego conocerlos es uno de los alicientes de viajar, quien lo probó lo sabe :-). 

Y ojo, aunque quede muy cursi, no me olvido de lo que escribí en la primera entrada, eh... Vosotros también estáis siendo mis compañeros, y no veáis la ilusión que me hacen todos vuestros comentarios (y re-comentarios :-). ¡Gracias!


Vuelvo pronto para contaros cómo son estas intrigantes islas Quirimbas... Por ahora os dejo con el atardecer de esta primera noche en Ibo.

lunes, 11 de agosto de 2014

Isla decadencia

Al día siguiente de llegar a Cuamba, con el billete que tanto me costó conseguir, tomé el tren a Nampula. Me uní a la tropa de fantasmas somnolientos que atravesaban la plaza principal de Cuamba en la noche cerrada (4:40 de la mañana) para llegar a hacer cola en la estación. A las 5 abren las puertas del tren, y cerca de las 6 emprende su camino. Es un tren razonablemente moderno y ordenado - solo se venden tantos billetes como asientos hay. Por delante, un número variable de horas (en nuestro caso, 14), atravesando paisajes muy bonitos (inselbergs de granito de formas caprichosas) y parando innumerables veces en pueblos que son como las secciones del supermercado: el de las zanahorias, el de las patatas, el de la caña de azúcar, el de los repollos... Todos los pasajeros se lanzan a un frenesí de compras por las ventanas del tren, y al final del trayecto no cabe un alfiler en los compartimentos de las maletas, repletos de frutas y verduras. 14 horas dan para mucho más, pero eso ya os lo contaré en persona :-).


En la cola del tren me uní a Martin, un suizo muy majete que hace la misma ruta que yo (luego él sigue...) y con el que llegué a Nampula. En Nampula estuvimos solo una noche, de paso para llegar a la Isla de Mozambique. 


Llevo ya dos días en la Isla de Mozambique, histórica capital del África Oriental Portuguesa, visitada por Vasco de Gama, con un enorme fuerte y una capilla manuelina del siglo XVI. Mucha historia entre estos muros, pero tanto trabajo de restauración por hacer... Isla de Mozambique es, desde luego, un lugar especial. El tema de conversación con los turistas que hemos ido viendo es recurrente: ¿llegará algún día a ser un destino turístico de primer nivel? Cualidades no le faltan, por historia, gastronomía, y esas playas cercanas donde hemos pasado hoy el día... Pero ninguno lo tenemos demasiado claro. En cualquier caso, mejor haberla visitado antes ;-).

sábado, 9 de agosto de 2014

Mangochi Cuamba

(Entrada escrita el jueves 7, y extremadamente larga, ¡lo siento!)

Hoy era el día señalado: hoy partía de Mangochi con el objetivo de cruzar la frontera mozambiqueña y llegar hasta Cuamba - antes de las 5 de la tarde, hora en la que cierran las taquillas de la estación para comprar el billete de tren a Nampula del día siguiente. Como el tren solo pasa en días alternos, había que conseguir el objetivo hoy, o perder dos días tirado en mitad de quién sabe dónde.

Con el objetivo claro, y sin esperar al desayuno incluido (¡no había tiempo!), a las 6:10 salía de mi alojamiento hacia la parada de minibuses de Mangochi. Parece que nadie tenía muy claro dónde estaban los minibuses hacia la frontera, pero tras dar un par de vueltas por Mangochi (en bici taxi), encontrar uno y esperar el tiempo preceptivo a que se llenase, me veía bien encaminado: en la parte de atrás de un camión ligero, dirección a la frontera de Chiponde. Eran las 7:30.

A eso de las 9:15 terminamos de recorrer los 50 kilómetros que nos separaban de Chiponde. Las formalidades en el lado de Malaui fueron inmediatas: no esperaba menos :-). Una moto taxi me esperaba atenta con ganas de cobrarme unas cuantas kwachas por llevarme al puesto fronterizo mozambiqueño, a kilómetro y medio de distancia. A las 9:30 estábamos allí.

Allá por el mes de junio, con el impreso relleno, dos fotos de carné, el pasaporte y el resguardo de haber pagado una suma nada despreciable de dinero, me presenté en el piso del Barrio de Salamanca que ocupa la embajada mozambiqueña en Madrid. A la semana siguiente, me devolvieron el pasaporte: ya tenía mi visado. Desde hace poco, Mozambique no emite visados en la frontera, así que era imprescindible pedirlo en Madrid. Ya en cuanto recibí el pasaporte, algo no me cuadró: el visado tenía fecha de validez entre el 8 y el 10 de agosto (o sea, que podía entrar en Mozambique entre esas fechas). La fecha provisional de entrada que yo había puesto en mi impreso (a esas alturas, no tenía el plan totalmente definido) se había convertido en la fecha escrita en piedra de validez del visado. En fin...

7 de agosto, 9:30, frontera mozambiqueña de Mandimba. La oficial de frontera revisa mi visado, lo sella (¡bien!) y se lo pasa a su compañero, que empieza a inscribirme en el registro. Cuando lleva rellenos la mitad de los campos, se detiene y llama a su jefe... 

Yo era muy consciente de la fecha que había escrita en mi visado, pero, dados los condicionantes (estar ya en Mangochi, el tren que no pasa todos los días...), tenía que arriesgarme. Quizá no mirasen siquiera las fechas en la frontera, o quizá no pusiesen problemas por un solo día... Y en cualquier caso, ¿qué iban a hacerme estando ya allí, devolverme a Malaui?

"Go back to Malawi!". El jefe fue inapelable. No te preocupes, decía, no te vamos a cobrar nada porque el visado ya lo tienes. Simplemente vuelve a Malaui hoy, y vuelve a la frontera mañana. Se me venía el mundo encima. ¿Desandar el camino hasta Mangochi, perder el tren en Cuamba y dos días de viaje? Intenté dar la máxima pena posible, cosa que con la cara que se me puso, no era muy difícil. Me inventé que en la embajada me habían dicho que la fecha era flexible. Hablé con otros oficiales. Pero el jefe era inflexible. Aun así, no me devolvía el pasaporte y me pedía esperar.

El tiempo pasaba volando, y con él volaban mis opciones de llegar a tiempo a Cuamba. Después de la frontera, me esperaban al menos 4 horas de minibús, sin contar el camino hasta la parada (unos 4 kilómetros) y la espera preceptiva hasta que el minibús se llenase. Pero daban las 10:30, y yo seguía tirado en la frontera, esperando.

El jefe llamó a su jefe, comentó mi caso con sus subordinados. En portugués, pude entender muy claramente sus burlas hacia mí. ¡Quiere entrar el día 7, y la validez es desde el 8! ¡Y además qué se le habrá perdido aquí! Y cosas similares. No veía factible que la misma persona fuese a hacerme el favor que necesitaba... 

Y sin embargo, al cabo de un rato, el jefe se me acercó con novedades: me decía que debía esperar en la frontera hasta las 14 o 15, y a esa hora ¡me iban a dejar pasar! De esa manera, llegaría a Cuamba de noche y no estarían ya los controles de policía de la carretera. "Si te paran en un control con el pasaporte así, te llevan preso". Qué tranquilizador... Aun así, a mí se me abría una ventana de esperanza. Cierto, no había manera de llegar a comprar los billetes del tren, pero sí podía arriesgarme a comprarlos dentro del propio tren al día siguiente, y sobre todo no tenía que volver a Malaui y perder dos días. Dándole vueltas a todo eso, seguí esperando.

Pero entonces, sin esperar más, hacia las 11:45, y tras muchas vueltas más que no contaré, el mismo jefe tomó mi pasaporte, tachó el sello del día 7, me puso uno del día 8 y se lo pasó a su subordinado para que me lo diera. Podía irme ya. ¡No me lo podía creer! Solo me insistió en una cosa: debía ir a Cuamba, no a Lichinga; hacia Cuamba no debería haber ya controles. ¡Qué alegría!

El plan original cobraba vida. Iba muy, muy justo, pero encontré un moto taxi rápido, el minibús no tardó demasiado en llenarse, y a las 12:50 estábamos saliendo hacia Cuamba. La carretera no estaba asfaltada - clara diferencia con Malaui - pero aún así el minibús avanzaba a buena velocidad. Más o menos a mitad de camino, bajaron tres viajeros y una conjunción astral quiso que me tocase el asiento del copiloto: la vida puede ser maravillosa.

No iba a ser tan sencillo. A eso de las 15, un sonido raro en el minibús, que se para. No hay manera de que arranque... Veintitantos viajeros (y la gallina de costumbre) en un minibús tirado en la carretera sin asfaltar de Mandimba a Cuamba... Al poco rato, sin embargo, un gran tráiler se detiene junto a nosotros. ¿Podrá ayudar a arreglar el minibús? No parece probable... Pues no, mucho mejor: se ofrece a llevar a todos los viajeros que quieran en la cabina, por una parte del precio del billete a Cuamba.


(Aquí mi medio-selfie en la cabina del camión - el pollo iba bien escondido, solo le delató la voz, para escándalo del conductor del tráiler). Eran las 15:45 y las posibilidades de llegar antes de las 17 eran pocas, pero alguna había. Hacia las 16:15, un gran pitido y un aviso en rojo en el salpicadero del camión, resuelto rápidamente por el conductor reponiendo líquido refrigerante. Y así a las 16:45 estábamos ya a unos 5 kilómetros de Cuamba... justo donde la policía tenía su control para inspección de camiones. En principio, no había ninguna razón para que pidiesen la documentación a los viajeros (con mi visado sellado "a futuro"), y así fue: revisaron con detalle la documentación de la carga, hicieron pasar un mal rato al conductor por transporte irregular de pasajeros, pero al final nos dejaron seguir. Lamentablemente, eran ya las 17:05.

Recorrimos la distancia que nos separaba de Cuamba, y el conductor nos dejó a un kilómetro de la estación de tren. Por si sonaba la flauta, me cargué mi mochila y me fui rápido para allá. Cuando llegué eran ya las 17:20, pero ¡¡taquilla abierta!! Compré el billete para el tren de mañana con los meticales que había cambiado en la frontera, sin problema. ¡Ya lo tenía! Estaba tan contento que no pude evitar hacerme un selfie (de cara completa :-) ante la taquilla. ¡Objetivo cumplido!


Pero toda historia tiene un epílogo. Un policía, al verme haciendo esa foto, se me acercó. "¿Tiene el permiso especial para hacer fotos?" (¿Eh?) sin darme opción a contestar, me dijo: "Acompáñeme al cuartelillo". No entendía nada. Imaginaba que simplemente querría aprovecharse del turista poniéndome una multa inventada, pero no sabía cómo podía salir. Entramos en el cuartelillo: "Documentación, por favor". El policía, muy serio, cogió mi pasaporte y copió mis datos en un papel. Luego, página por página, lo revisó con detalle, lentamente, hasta llegar a la del visado mozambiqueño. "Un momento. Aquí pone día 8, y estamos a día 7, ¿cómo es eso?". Escalofrío. "Bueno, como en el visado ponía día 8, pusieron día 8 en el sello...". Se quedó pensando. "Debe ser que lo hacen así ahora...", dijo con una sonrisa. "Puedes marchar..."

Olá, Moçambique!

miércoles, 6 de agosto de 2014

El corazón del corazón

Estos dos días en Zomba y Liwonde, en los que la parte "turística" ha sido más pequeña, me han servido para conocer un poco más la vida normal de las ciudades (con pinta de pueblo) de Malaui. 

En Zomba, hice una ruta por la meseta que en teoría era a pie, pero que acabó siendo en coche porque el guía quería "ahorrarme tiempo". Las vistas desde lo alto de la meseta (miradores de la Reina, por la Reina Madre de Inglaterra, y del Emperador, por Haile Selassie) no estaban nada mal, pero una ligera niebla impedía ver Mulanje y el lago Malawi, que se llegan a ver en días claros. Y aquí en Liwonde he hecho un safari en barco por el río Shire, dentro del Parque Nacional de Liwonde, viendo sobre todo cómo de bien lo pasan los hipopótamos jugando a esconder la cabeza debajo del agua cuando aprietas el disparador de la cámara.


Pero después, a falta de monumentos que ver, queda el corazón del corazón: darse una vuelta por los mercados, comprar en los puestos de recuerdos (cosas que luego no sabré qué hacer con ellas :-), tomar café en una cafetería-bar-restaurante normal, dejar descolocada a la gente que no espera que el muzungu venga de Spain.

Estos dos días más tranquilos, y el de mañana en el que viajaré hasta Mangochi, espero que me sirvan para cargar las pilas antes de la aventura que me tiene que llevar, a lo largo de tres días (¡espero!) y unos cuantos transportes distintos, hasta la costa de Mozambique... Pero eso será a partir del jueves. Por ahora os dejo una foto lo más relajante posible de los pescadores del río Shire, aquí en Liwonde. ¡Hasta pronto!

domingo, 3 de agosto de 2014

Por los caminos de Malaui

Tras coger dos matolas y un minibús, esta tarde he llegado a Zomba desde Cape Maclear. No tengo mucho que contar de Zomba aún, aparte de que hemos vuelto al frío nocturno como en Lilongüe, así que voy a aprovechar para escribir sobre los tres tipos principales de transporte público que hay aquí, ahora que los he probado todos. Quién sabe, quizá os venga bien la información para un futuro viaje :-).

El primer viaje fue en bus. El que yo cogí, de la compañía más reputada, era un autobús del estilo a los españoles, pero algo más pequeño, mucho más viejo y con cinco asientos por fila, en vez de cuatro. El modo de empleo es como sigue: llénense los maleteros exteriores hasta arriba (sacos de 50 kg de maíz, cacerolas...); ídem con los compartimentos para las maletas de encima de los asientos, que además son más grandes de lo normal; por último, introdúzcanse tantas personas como asientos hay, y luego otras 30 o así, de manera que por cada fila toquen a uno o dos de pie. Los niños no ocupan lugar, así que acompáñese de los que sean necesarios. Voilà.


La matola es una furgoneta pickup normalita, no muy grande, adecuada para trayectos cortos (en kilómetros, no en tiempo). Esa es la que he cogido yo hoy, a media carga, ya que estábamos de parón. Para que os hagáis una idea de la capacidad, imaginad que empezáis a cargar la pickup hasta que quede razonablemente llena (maletas, redes con pescados, ruedas, bolsas, etc.). Después de llenarla con la carga, montáis a 26 adultos y 5 niños (capacidad empíricamente demostrada), y adelante, a sentir el viento en la frente.


Por último, lo que aquí se llama minibús es una típica furgoneta (Nissan Vanette, Toyota Hiace o similar) que hace los mismos trayectos que un bus, pero más frecuentemente y más rápido (para menos, por estadística, porque menos pasajeros implican menos destinos). Solo salen cuando se llenan (subjetivamente, a juicio del conductor). Este medio de transporte ya lo tenía conocido de Cabo Verde (las célebres hiaces, léase yas), y en mi primera experiencia aquí creo que he igualado el récord de entonces: 22 adultos, 5 niños y 1 pollo.

Y hasta aquí esta entrada temática :-). Mañana espero tener algo más que contar de las montañas de Zomba...